miércoles, febrero 1

25

Ad portas de mi cumpleaños número veinticinco y a propósito del retorno de la discusión sobre muros sólo puedo describir la sensación de este preciso momento en mi propia historia como una división de tamaño comparable a la que pueda crear el concreto. Por un lado, la distancia que ha puesto el invierno entre el sol y mi cuerpo me duele en la carne y me perturba la conciencia. En ocasiones me sueño en Colombia, ya sea en la selva con los pies descalzos respirando el olor a fértil tierra mojada, o en el bosque seco en donde está Cúcuta contemplando ese verde particular que toman las plantas después de un aguacero, o en alguna playa de su Caribe de nuevo descalza a resguardo del sol y tendida en una hamaca entre palma y palma.

Por otro, a veces me encuentro una que otra cosa que de inmediato me envuelve en un mundo distinto. El fin de semana pasado, por ejemplo, fuimos a Colmar. La belleza colorida y dulce de la ciudad me devolvió algo de calor al espíritu y me trajo de vuelta la fascinación por una historia dividida entre franceses, suecos y alemanes. Algo que a la distancia de siglos y décadas puede leerse como el encanto europeo de tejidos entrecruzados a razón de cohabitar en una tierra relativamente estrecha para el tamaño de las aspiraciones expansionistas de los hombres. Algunas otras veces, con diccionario en mano, o para ser más sinceros, en la punta de los dedos, me sumerjo en alguna lectura; leo sobre Bach e inclusive intento seguirle en mi paso, bastante lento, en un instrumento poco considerado por él, la guitarra, o entro en las cartas Kafka y en textos como aquél famoso fragmento que nos incita a la lectura de aquello que nos estremezca el espíritu, libros que rompan el mar congelado que habita dentro de nosotros. Ni Kafka ni Bach habrían surgido en un mundo distinto: Bach no habría podido crecer de tal manera sin ayuda de una corte europea y sin el invierno Kafka posiblemente no habría llegado a la imagen del mar congelado y este razonamiento me devuelve de nuevo a mi presente y a la oportunidad de descubrir una realidad a la distinta en la que vi mi origen.

El resto del tiempo lo dedico a tareas que me devuelven la sensación de unidad: el cuidado de las plantas, la escritura, la comida, el entretenimiento peligrosamente anestésico y a soñar con que en este mundo o en el otro puedo encontrar un lugar para mí, un propósito. Algo que no logré encontrar en mi propia lengua y que tampoco he encontrado en otra. Sigo trabajando para poder fabricar algo que me devuelva eso que desde hace un par de años no he podido encontrar allá o acá. La división se desvanece cuando recuerdo este punto y vuelvo a mi persistente inquietud de cómo lograron otros hombres en otros mundos y otros tiempos encontrar su propósito. Cómo encontraron la fortaleza y la sabiduría (o la debilidad y la tontería) para reconocer (o crear o creer en) su causa y dedicarse a ella a plenitud.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada