domingo, abril 9

Reflexiones en primavera



Hace poco llegó la primavera a Alemania y en este hemisferio del planeta la vida volvió a manifestar su belleza con el resurgimiento de las hojas y el florecimiento de plantas y cerezos. Mi primer invierno me enseñó la fortaleza través de la imagen de aquellas plantas que se negaban a morir a pesar de las temperaturas. Gracias a la permanencia de los cuervos en las ciudades y a la visibilidad que le otorga la ausencia de otras aves comprendí a mayor profundidad la resistencia de la vida, y por supuesto también me permitió confirmar  la importancia del cuervo en algunas culturas que viven intensos inviernos, principalmente la razón. Mientras el paisaje casi que se unifica con la caída de la nieve y la mayoría de aves migran y otros tantos animales se esconden, los cuervos continúan su vida y llenan el ambiente de cantos que otrora me parecían sombríos.

La llegada de la primavera no sólo me permitió volver sobre el invierno e inclusive entender lo importante que le es a a la primavera sobre todo como símbolo, sino que también logré volver sobre aquél grupo de temas que da vueltas de vez en vez en mi cabeza: la esfera, la esfera de la tierra expuesta a la esfera del sol, al movimiento y el naturalizado misterio de la luz al ser tanto onda como partícula y la esfera de la historia, afectada por la de la tierra. Con la mano comprobaba que podía sentir la energía del rayo, podía marcar el espacio que tocaba el rayo pero no podía detenerlo o contenerlo, un ejercicio simple y milenariamente superado que no deja de sorprenderme, tal vez por ser lo más parecido que hago en relación a una práctica religiosa.

La entrada de los rayos de sol por nuestra ventana me trajo de vuelta mi caso en particular, otro lugar en otro tiempo, aquel valle en el que transcurrieron los tres primeros lustros de mi vida donde pocas veces dejé de ver el sol. Amar o enfermar bajo el sol tenía que ser diferente que hacerlo en ausencia de él. La sola posibilidad de ver crecer papayos y árboles de mangos y aguacates favorecidos por las temperaturas en los patios de las casas ya tiene que configurar cuerpos y tal vez estados mentales diferentes a los que favorecen otro tipo de intensidad en las temperaturas y en la luz.La cantidad de luz que modifica a los hombres en su fenotipo y les hace más resistentes a la radiación del sol también ha de modificarlos de otra manera. Tal vez es imposible probar exactamente qué tanto podría influir esto en la psyque, aunque algo se puede concluir de estudios comparativos sobre el comportamiento en temporadas opuestas por sus características durante el año, y en nuestra propia experiencia hasta ahora recolectada ha sido también visible que animales, plantas, todos nos hemos adaptado a las temperaturas, a las curvas de la tierra, y hemos sido configurados materialmente por las reglas que definen las circunstancias climáticas; circunstancias que limitan finalmente las condiciones de la vida y con eso a la historia. Creo que esto último es quizás lo más apropiado para mencionar respecto a todos los pueblos sobre la Tierra y de este asunto ya se ha ocupado extensamente la antropografía o geografía humana desde el siglo XIX.

La humanidad ha observado desde la comparación de condiciones y circunstancias que crecer perseguido por el brillo del sol no podría ser lo mismo que crecer en otra parte del mundo, por ejemplo en un lugar que desciende por las temperaturas, donde se sufre el invierno y se celebra naturalmente la primavera y donde adquiere un nuevo sentido tal celebración. Tal elogio a la vida era ya un rito en la tradicional rusia pagana, esta era la oportunidad de danzar para convocar la primavera, a la vez que se sacrificaba una doncella con la intención de provocarla. Por supuesto no se trataba de sacrificar a la doncella tanto como del símbolo del valor que tenía la llegada de la nueva estación por el que el pueblo estaba dispuesto a sacrificar la fertilidad de una mujer y la promesa de descendencia que venía con ella. De hecho Stravinsky le dedicó toda una obra (musical y de ballet) en la que convirtió la tradición también en renovación. La mención a la obra de Stravinsky no es en vano, esta obra para ballet es tanto en la música como en la danza portavoz de un nuevo tiempo en el mundo humano occidental. La consagración de la primavera o Le Sacre du printemps, como se titula originalmente en francés, es a  la vez manifestación de un nuevo tiempo a través de un arquetipo milenario. La configuración de la vida es, al menos desde esta forma de especulación, un escenario importante para la historia del ser que crece y vive en su seno. El humano, y sus manifestaciones: el arte, el amor, la guerra, la celebración, la comida, la vestidura, la cosecha, el racionamiento, el resguardo... son elementos que surgen de manera secreta envueltos en los tejidos de la vida, tocados por la oscuridad del misterio de la luz y la fatalidad de la esfera. Esto es, de una y otra manera, una historia ya de generaciones pasadas, y sin embargo una historia aún actual y accesible desde cualquier ventana que, como alguien lo escribió también décadas atrás, también puede ser un espejo. Detrás de pantallas y mundos digitales tal vez  es más fácil dejar de recordar aquel fragmento de historia que nos han contado otras generaciones que se han movido sobre la tierra. Sin embargo, no hay modo de olvidar la naturaleza impresa en las estructuras de las carnes y la primavera parece, una vez más, la temporada propicia para desempolvar uno de nuestros ya conocidos secretos.



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